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¿Qué pasa con el peso?

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Crédito: A quien corresponda
Nicolas Fossato

Por Nicolas Fossato

Con el índice inflacionario acelerándose por encima del 7% mensual, para una familia de clase media ir al almacén del barrio pasó a ser una odisea. No sólo tienen que preguntar el precio de cada producto antes de comprar, sino que es difícil de comprender si algo es caro o barato. No funciona el sistema de precios relativos en una economía que no tiene moneda. Hoy un argentino promedio cuida el bolsillo hasta cuando compra comida. No es lo mismo para un trabajador elegir una u otra vianda en la despensa de la esquina. Puede significar ganar unos pesos o salir derecho en el día de trabajo.

Desde su aparición en diciembre de 2017, el billete de $1.000 perdió el 95% de su valor. En su momento con la cotización del dólar en apenas por encima de $ 19, el mismo valía U$S 51,87. Hoy, nuestro billete de mayor denominación, a dólar blue, vale apenas U$S 2,32. Fue tanta la depreciación del peso en los últimos años que un chico de menos de 5 años no conoce una moneda de metal, excepto como antigüedad. Además, no solo ya se jubilaron los billetes de 2 y 5 pesos, y están próximos a seguir su camino los de 10 y 20. Es tanta la necesidad de imprimir billetes por su baja denominación que para cubrir la demanda, el Gobierno importará billetes desde Francia, Malta y Brasil.

A causa de esta depreciación constante del peso, crece cada vez más el debate sobre qué hacer con la economía a mediano plazo. ¿Es conveniente salir con una medida de shock, dejando que los precios se acomoden de manera automática más allá del costo social a corto plazo (como plantea parte del liberalismo), o es preferible continuar con la política gradualista de este gobierno persistiendo con la lenta agonía? Como tercera vía, un sector de la política habla de dolarizar sin importar el tipo de cambio al que suceda.

Es que según esta última visión son cada vez más las actividades que muestran sus precios en dólares. Ya no sólo se utilizan para comprar propiedades o ahorrar a largo plazo, sino también para pagar servicios en línea que forman parte de la vida cotidiana de los argentinos como Netflix o anuncios de Facebook. En el mundo globalizado en el que vivimos, estamos rodeados de productos con marcas internacionales que tienen un valor en moneda extranjera. Un Iphone, unas zapatillas Nike, un auto Volkswagen, por poner algunos ejemplos, valen lo mismo en dólares en Estados Unidos, en Europa, o cualquier país del mundo. En Argentina además, hay que agregarles la presión impositiva, por lo que terminamos siendo caros aún en dólares. Un argentino de clase alta puede acceder a estos productos más baratos afuera del país, a diferencia de la mayor parte de los argentinos.

Pero dentro de la primera pregunta queda la duda sobre qué medidas tomar con respecto a la distorsión de precios relativos que existe. A causa de la crisis, y por presiones desde distintos sectores como desde el mismo gobierno, han quedado retrasado muchos de los precios, incluidos los salarios. El precio de un viaje en taxi o en colectivo depende de la negociación entre el sindicato, los choferes y la administración pública o entes reguladores. Lo mismo ha ido sucediendo con variedad de productos que dependen de negociaciones sectoriales, que han quedado rezagados y han ido generando una distorsión tal que puede salir lo mismo un par de zapatillas que un mes de alquiler de una casa o un celular que una moto.

Seguramente este será el tema de debate de los próximos meses luego de un cambio de gobierno.

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